Las elecciones que consagraron a Mauricio Macri como
Presidente de la Nación Argentina ya pertenecen a la historia. El hecho
objetivo es que un periodo terminó y otro comienza, una transición inevitable
en orden a la Constitución Nacional.
Sin embargo, para algunos pareciera que el cumplimiento del
mandato constitucional y su recambio de gobierno es un acto cuasidelictivo
antes que un imperativo democrático. Continúan aferrados al pasado reciente
defendiendo con garras a un gobierno que ya no existe y disparan toda clase de
blasfemias sobre los recién llegados.
Honestamente, no es posible comprender esta actitud, porque
más allá de quienes estuvieron o quienes ahora están en la Casa Rosada, el
hecho fáctico es que un gobierno democrático no puede ser eterno sino al precio
de convertirse en una dictadura.
Lógicamente, el Kirchnerismo tenía que salir del poder y
entrar otro, el que sea; en este caso le tocó al espacio político que lidera
Mauricio Macri. Listo, cosa juzgada.
Quedan todavía algunos que atrincherados en las redes
sociales disparan contra el Presidente Macri tildándolo de “El Procesado” por
aquella causa de las escuchas judiciales, olvidándose que el gobierno anterior
se lleva la palma en materia de funcionarios encausados y procesados; desde la
propia ex Presidente, Cristina Fernández, pasando por su Vicepresidente, Amado
Boudou y así una lista de más de 700 causas abiertas.
Pensamos que no tiene sentido la continuidad de esta batalla
dialéctica. El gobierno “K” ha terminado su ciclo y podrá volver quizás en
2019, pero ahora gobierna otra gente y es de ciudadanos nobles aceptar lo que
la mayoría, por exigua que haya sido la diferencia, ha determinado.
La Constitución Nacional, ha hablado. Y punto.
Ernesto Bisceglia

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