Todas las personas están dotadas de las mismas capacidades
espirituales y racionales para alcanzar las metas que deseen. Al menos esta es
la regla natural. Sin embargo, ¿por qué muchos –quizá la mayoría- fracasan en
convertirse en aquello que alguna vez desearon? La respuesta es simple, en
algún momento tuvieron temor, estuvieron poseídas por el miedo.
El miedo no es solamente esa sensación que invade frente a
lo desconocido, o ante un peligro inminente, o alguna amenaza externa. Más letal
es el miedo que ataca a la psiquis, que opera en las sombra del inconsciente
provocando que la persona no tome esas decisiones que quizás le abrirían un
camino diferente.
Podría tal vez hablarse de una “escala” en el miedo; desde
el “temor reverencial” hasta el pánico. En cualquiera de los casos el miedo
paraliza, oscurece la mente y detiene la toma de decisiones.
Un temor muy particular y difundido es aquel que proviene de
la imposición de dogmas (decretos), sociales, políticos y sobre todo
religiosos. Constituyen verdaderas ataduras a la hora de tratar de ser uno
mismo, en intensidad y libertad.
El miedo juega su combate en el cerebro y es allí donde hay
que darle batalla con pensamientos positivos, aunque en un principio no se esté
seguro de que vayan a resultar, pero hay que cambiarle la estrategia. El cerebro
está acostumbrado a que se huya a refugiarse en creencias o sentencias que dan
esa sensación de seguridad, pero cuando se le hace frente con ideas buenas,
positivas, lo mismo que una serpiente atacada, el cerebro se retorcerá, pero
terminará aceptando los nuevos paradigmas que la consciencia le impone.
Si no se libra esa batalla contra el miedo, éste terminará
convirtiendo a su víctima en un ser gris, encorsetado en pensamientos limitados
y así habrá perdido la gran oportunidad de ser exitoso.
Lic. Augusto Gattilusio Varano



























