Pasará a la historia como el régimen que dejó una deuda social que demandará décadas en saldarse. Casi dos generaciones de argentinos "incluidos" en un sistema educativo vacío de contenido, lindantes en el semianalfabetismo. Otros tantos que desconocen el valor del esfuerzo y del trabajo porque nacieron bajo un subsidio, o ellos mismos lo tienen.
Dejan un país indemne, desprotegido, con fronteras abiertas y sin ninguna estructura para la defensa nacional. Con Fuerzas Armadas debilitadas en grado desconocido y Fuerzas de Seguridad incapaces de hacer los dos trabajos.
Una economía al borde de la explosión, imposible de medir porque todos los datos son falsos y con las reservas del Banco Central en el límite de lo aceptable.
En suma, un estado deficitario por donde se lo mire, con el agravante de ser el Gobierno que acumula la mayor cantidad de causas judiciales que van desde el hurto simple hasta la sospecha de un magnicidio (Nisman), en el medio narcotráfico y estafas al por mayor.
El abuso de poder ha sido el carisma del kirchnerismo. Su jefa -Cristina Fernández- heredó un sistema carente de mística y lejos de construirla dilapidó el capital de sufragios dedicándose al culto de su personalidad, a la satisfacción de sus caprichos y a la instalación de la opinión única.
Se termina un régimen que únicamente cuenta con el apoyo de un 40% de la población, que con ser bastante, no es adicto sino cliente en su mayoría.
La devastación que deja el kirchnerismo debe servir no para ir por lo que ya es pasado, sino para construir un país nuevo, con bases morales y cívicas sólidas. Justamente, las que Cristina Fernández jamás respetó.
Ernesto Bisceglia

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